22.7.15

Y de repente...

... un tropiezo cambia todo. De repente cambia tu perspectiva sobre la amistad, el amor, la felicidad y las cosas que pensabas que importaban. Un día te das cuenta que todo lo que creías importante, realmente no lo era. Te das cuenta que no valorabas lo realmente importante y le dabas demasiada importancia a lo verdaderamente irrelevante. Abres los ojos. Ser madre te abre a la realidad, la cruda realidad. Piensas en todas las disputas familiares por estudios, entradas y salidas, dinero... y te avergüenzas. Recuerdas las lágrimas malgastadas en asuntos y personas que no lo merecían. Te das cuenta que nadie va a regalarte nada, que la vida es dura, que hay que luchar para sobrevivir, que ha empezado el juego. Comienza el naufragio y debes salir a flote.

De repente aparecen fantasmas donde antes creías ver personas importantes y comienzas a echar de menos a aquellas que desaparecieron de tu vida y tanto dieron... Pero tal vez también resultaron ser visiones. Nunca lo sabrás. Te das cuenta que de repente las palabras no importan, y apenas tampoco los hechos. Importa el tiempo, la constancia, el interés, el respeto. En ese instante, te das cuenta que nunca has tenido nada de eso, nada lo suficientemente importante, nada por lo que luchar. 


Y de repente sientes que lo verdaderamente relevante te remueve las tripas y te impregna el corazón. Sientes plena satisfacción al sentir que, de un fallo, pueda surgir algo tan hermoso aún sin verse, y sólo deseas tocarlo. A partir de este momento dejan de importar opiniones, consejos, disputas... Sois uno, y nadie puede cambiarlo excepto un aborto (en forma de asesinato o de homicidio, según la intención). Y cuando, tras la interminable espera... le miras... le tocas... ese sentimiento contradictorio de tristeza al pensar que ya no está dentro de ti, pero a la vez la mayor felicidad del mundo al conocer a la persona que más querrás en tu vida, por la única que deberás luchar y salir adelante. Descansa en tu regazo el ser más frágil y a la vez el más grande que ningún otro ser pueda mover jamás tu corazón. Reposa en tus brazos el mayor reto y la única responsabilidad que tendrás jamás a partir de ese instante. Sólo importa tu bebé y te olvidas del resto. Te olvidas de ti.


Olvidas cuánto te gustaba maquillarte (incluso los lunes) y esa idea de que, sin tu eyeliner, notabas la cara borrada.. Olvidas tu permanente planchado de pelo diario, tus recogidos de infarto, e incluso empiezas a darte cuenta de que no sabes qué tipo de ropa se lleva. Olvidas que tienes 19 años. Y pasan dos años, cumples 21 y sigues sin recordarlo. Algo no va bien. Empiezas a rechazar lo social, no quieres salir, no quieres que te vean ni dar explicaciones a nadie de por qué hoy no te has peinado. Te rechazas a ti misma, no reconoces tu nueva personalidad, ni si quiera sabes cuándo se fue la tuya. Lo único que te importa es sobrevivir al naufragio, sobretodo ante las personas que te daban por muerta. Ante esos fantasmas que, aunque ya no te importan, pusieron en entredicho tus ganas de luchar y tu posibilidad de conseguir sacar adelante a tu propio hijo. Es imperdonable. Es imborrable. Te invade los pensamientos cada noche. 


Y vuelves a tener sentimientos encontrados. Te sientes plena, lo realmente importante está a tu lado, sano y feliz, y además estás consiguiendo todo lo propuesto. Pero a la vez estás hundida. Has dejado de quererte. Pero ¿cómo se recupera el amor propio? ¿Cómo puedes querer a los demás si no sientes aprecio ni por tu persona? Has comenzado a odiar tu forma de vestir, pero la preocupación llega cuando empiezas a detestar tu forma de hablar, de caminar, de vivir. Monotonía. Te ahoga pero la necesitas para reservarte de la sociedad. En ella te sientes ridícula. Un día te miras al espejo, y no sabes si te da más pudor ver tu físico o tu aspecto interior. Y olvidas los espejos.





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